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Emilia Bernal tuvo miedo cuando, adivinando, supo quién era el dueño de la mirada que se clavaba sin piedad en el reverso de su alma mientras con el rosario en las manos entregaba sus penas a la madre de Dios.
El hombre al que había maldecido estiraba su látigo con habilidad, y el castigo llegaba como un corte limpio a cercenar el último pedazo de corazón que le quedaba. Podía oír sus latidos, que cada vez más desbocados parecían retumbar en la nave de la iglesia vacía
Era esa hora en la que el pueblo recogía tristezas y alegrías y el calor escondía a la gente para que no se derritieran sus secretos y picardías.
Paralizada como una estaca comenzó a hablar con santos y ángeles para no enloquecer en la espera.
Un viejo sudor frío le bajaba gota a gota por la espalda, eterno blanco de aquella mirada. Quiso volar lejos, a una antigua vida donde el amor recién se estrenaba y tapizaba sin complicaciones todas las paredes de su casa.
No pudo más y calló sus rezos; decidida a dar la batalla definitiva giró su cuerpo frágil y amedrentado buscando la confrontación.
Perdió el pudor y llegó a su lado en cuatro zancadas; reconoció la rabia cuando levantó la mano para borrarlo de un empujón.
El no quiso sostenerle la mirada, ella pensó en la solemnidad del recinto y por un momento quiso creer que tenía un hombre arrepentido.
El fuerte olor a incienso traspasó el instante y en cuatro zancadas más un impulso eléctrico de lucidez le dijo por última vez, que ahora, como siempre, se había vuelto amable la cobardía.
©fdL2010
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